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Casi una década atrás, un grupo de investigadores, ingenieros agrónomos,  enólogos y  viticultores argentinos  se embarcaron en la aventura de rescatar y poner en valor las uvas criollas, un conjunto de cepajes que están en nuestras tierras hace más de 400 años. Según los entendidos, el vino de criollas  tiene un potencial enológico que sorprenderá sobre todo a los consumidores curiosos, interesados en descubrir sabores nuevos pero también en conocer la historia y la cultura que hay detrás de nuestra noble bebida.

El origen de las uvas criollas

Las variedades criollas son autóctonas porque se originaron en Sudamérica como resultado del cruce natural que se dio entre las plantas de vid traídas por los españoles. De ese cruzamiento, que se ha dado por siglos, surgieron las variedades “Criollas” que crecen no sólo en Argentina sino  también en Perú y Chile.

Profesionales del INTA trabajan desde el 2012 en la identificación genética de 28 variedades criollas diferentes para conocer su origen y características. “Con ayuda de equipos de alta complejidad y nuevas tecnologías se pudo determinar que el árbol genealógico de la mayoría de las criollas  comienza con la variedad Moscatel  de Alejandría  -traída a América por los jesuitas- y la cepa española Listán Prieto, traída por los colonizadores españoles y denominada comúnmente Criolla chica”, comenta el ingeniero agrónomo e investigador del INTA Jorge Prieto.

“Las criollas son variedades que se generaron en Argentina luego de la colonización española, muy ligadas a las prácticas de la misa, y después tuvieron auge con las oleadas migratorias y con las políticas de fomento  a la viticultura que se dieron  a finales del siglo XIX y principios del XX. Las uvas criollas nacidas acá por estos cruzamientos tienen una identidad y particularidad muy específica de este lugar, no se encuentran en otros lugares del mundo”, afirma Simón Tornello, ingeniero agrónomo del INTA Calingasta, en San Juan.

Las variedades criollas más cultivadas en Argentina corresponden a Cereza, Criolla Grande, Pedro Giménez  y Torrontés Riojano. Estas variedades cubren un 33% del total de  la vid cultivada en el país. “En el interior de los viñedos -apunta Tornello- muchas veces se da una mezcla de esas variedades. Ése es uno de los puntos interesantes, saber que es probable que en viejos viñedos con uvas mezcladas existan variedades criollas con un potencial enológico muy grande aún por descubrir”.

Con respecto al marco legal para la elaboración de vinos con uvas criollas, el encargado del Departamento de estudios vitícolas del I.N.V., Ing. Alejandro Marianetti explica:    “cualquier variedad de vitis vinifera puede plantarse en Argentina pero previamente debe  inscribirse en el  “Registro Nacional de Cultivares” dentro del Instituto Nacional de Semillas (INASE). Una vez obtenida esa inscripción, el I.N.V. incorpora esa nueva variedad en el “listado oficial de variedades de vid”. Lo importante para destacar es que todos los vinos de uvas criollas que se comercializan en la actualidad, han tenido que seguir estos pasos y están autorizados para la plantación, elaboración y comercialización por el I.N.V. El resto de variedades de uvas criollas que se están analizando actualmente con el equipo del INTA en el país, también tendrán que someterse oportunamente a este proceso para obtener un registro oficial.”

¿Cómo son los vinos?

Las uvas criollas son altamente  productivas, son  capaces de dar cinco o seis veces más cantidad de racimos por planta que las variedades consideradas de mayor calidad enológica, como el Malbec o el Chardonnay.

Los vinos de Criollas proponen estilos frescos, ligeros y sabrosos, son vinos fáciles de beber, sin complejidades. “Al ser tantas las variedades de criollas no podemos dar una descripción general, afirma el ingeniero Tornello,  hay blancas que son frescas y con aromas de flores,  otras con más cuerpo y aromas más tropicales. Con los tintos pasa lo mismo, la “Criolla N°1” tiene entre sus padres al Malbec por eso tiene muy buen color, la Criolla Chica o Listán Prieto tiene menos color”.

Volver a la esencia, a recuperar una parte de la historia y la cultura de nuestros antepasados, en ese camino se encuentran los  bodegueros y enólogos que apuestan a la Criolla.

Bodegas de diferentes escalas también confían en el potencial de la uva criolla para la elaboración de vinos de alta calidad enológica como Catena Zapata, Trivento y El Esteco. “Desde emprendimientos pequeños y artesanales hasta grandes bodegas comerciales se están interesando y están valorizando la elaboración de vinos con uvas criollas. Muchas bodegas del sector privado –continúa Tornello- ya están empezando a vinificar por separado, seleccionando plantas, seleccionando parcelas de estas variedades y eso permite avanzar mucho más rápido.  Es muy positivo cuando el sector público y el privado confluyen en su interés de buscar productos genuinos que puedan diferenciarse notablemente en el mercado”.

Los consumidores ya están reparando en el atractivo de estos vinos autóctonos, concebidos bajo la impronta de volver al origen, al vino de la parra de los bisabuelos, a lo natural, lo auténtico y simple. Ese es el mensaje que intentan transmitir y preservar los investigadores y los viticultores que se dedican a rescatar del olvido a las Criollas, esas cepas ancestrales que según parece aún tienen mucho potencial  para ofrecer y todavía hay un largo camino por descubrir.

 

Este jueves 7 de Noviembre a las 20, la sommelier Romina Rolón dirigirá el Ciclo Entre Copa y Copa “Vinos de uvas criollas” en La Enoteca, Peltier 611. Tel: 2295274

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